“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.’’

-Las Ciudades Invisibles de Italo Calvin

Al igual que las ciudades de Calvino y desde un punto de vista literario del neorrealismo, el individuo practicante de la dinámica de interacción moderna en redes sociales viene a ser un conjunto de memorias, deseos, palabras, recuerdos y lenguajes. Sin embargo, desde la óptica de la datificación, todas estas peculiaridades y características son sólo un elemento del intercambio que surge cada segundo entre empresas como Google, Facebook, Apple, Amazon y nosotros.

Cukier (2013) define la datificación como la recopilación de información de cuanto existe y la transformación de esta en datos cuantificables que posteriormente serán analizados o utilizados con algún fin. Cada movimiento que realizamos en redes o fuera de ellas, cada tweet que publicamos o no, cada me gusta, comentario o compartir que hacemos en Facebook se vuelve parte del perfil que moldea quienes somos en la red.

Para que esto sea posible, Couldry y Mejias (2018) describen cómo primero la vida debe ser naturalmente configurada para generar tales recursos, por ejemplo la
contribución voluntaria que se hace a diario a nuestros perfiles en redes; segundo, los datos sobre las acciones o propiedades de un individuo en un momento deben combinarse con datos sobre otras acciones, momentos y propiedades para generar relaciones valiosas entre ambos puntos. Así es como el fenómeno de datificación hace su “magia”, ofreciéndonos a cambio comodidad, confianza y orden.

Tomemos por ejemplo el caso de Google. Según Vaidhyanathan (2013), su capacidad para determinar qué sitio es el más “conveniente’’ para nuestra búsqueda surge a partir de que cada vez que escribimos entradas de blogs, publicamos comentarios sobre productos, subimos fotos o hacemos videos para ser vistos por cualquiera que usa la red, Google da con ellos y copia todo lo que encuentra a su paso. Pero, en términos de ingresos, la principal actividad del buscador no es facilitar nuestras vidas, sino vender espacios publicitarios, lo que viene a reducir nuestra actividad en mero combustible para facilitar targets y ventas.

Así es como nos convertimos en “sujetos de trueque”, observamos una disyuntiva en cómo la datificación aborda nuestra información como mercancía publicitaria o de segmentación y nos aísla del hecho de que para nosotros son palabras, deseos y recuerdos. Sin embargo, la seguimos ofreciendo sin restricción alguna e ignorando lo que suceda con ella por la cantidad de beneficios que nos brinda y las complicaciones que implicaría oponerse. A partir de esto, Mayer y Cukier (2013) abren el debate de dónde se encuentran las fronteras de la datificación (o si hay fronteras en sí), tomando en cuenta que nuestras relaciones, experiencias y estados de ánimo están siendo parte de la recolección.

Facebook, por ejemplo, convierte las relaciones personales que siempre existieron en “amistades” con cantidades de likes, aniversarios e interacciones. Twitter toma nuestros pensamientos y según las palabras que utilicemos los clasifica en trending topics. Finalmente, Netflix absorbe nuestros gustos, opiniones y hábitos de consumo para presentarnos más material referente a estos, con tal de seguir en la plataforma. En

conclusión, es muy posible que no se encuentren fronteras más allá de las que nosotros mismos definamos y, para ser sinceros, no estamos definiendo ninguna.

Tanto a favor como en contra.

Tomar posición en un trueque de beneficios mutuos es difícil, más aún cuando ambas partes aparentan estar felices. Mayer y Cukier (2013) mencionan que en el caso de Google se sabe que la información tiene múltiples objetivos potenciales que pueden justificar su recopilación, ya que mejoran exponencialmente la experiencia del usuario. Vaidhyanathan (2013), de igual forma, entiende perfectamente todos los beneficios que se reciben, la sutileza con que se presenta la publicidad, el orden en medio del caos que instaura un buscador que se personaliza y cómo su funcionamiento y diseño sencillo facilita las tareas diarias. El proceso de datificación parece funcionar bien.

Además, se deben tomar en consideración las implicaciones para la interacción del individuo que traería rechazar alguno de estos servicios. Mayer y Cukier (2013) aportan de manera muy optimista que la datificación representa un enriquecimiento esencial de la comprensión humana. Con la ayuda de los datos masivos, nuestro mundo dejará de parecernos una sucesión de acontecimientos que explicamos como fenómenos naturales o sociales: veremos un universo constituido esencialmente por información. Esta afirmación no es ningún secreto, la comprensión de las relaciones e interacciones de los sujetos ha aumentado y se ha hecho más sencillo para las marcas seguir la línea de comportamiento de los consumidores.

Los beneficios además abarcan el poder mejorar y facilitar las relaciones interpersonales como WhastApp con su mensajería instantánea, los trabajos laborales como Google Docs con su acceso desde cualquier lugar, y ejercer cierto tipo de noción de poder sobre las personas cuando tienen acceso a tanta información de otras en perfiles de distintas redes sociales, lo cual siempre resulta satisfactorio.

Teniendo claro que hay múltiples, tentadoras y aceptables ganancias, me gustaría dirigir el análisis del trueque hacia una óptica distinta. Si estamos a favor de la datificación, la verdadera pregunta es ¿a qué costo?

Couldry y Mejias (2018) advierten cómo a través de lo que llamamos “relaciones de datos” (nuevos tipos de relaciones humanas que permiten la extracción de datos para la mercantilización), la vida social de todo el mundo se convierte en un recurso “abierto” para la extracción que de alguna manera está disponible para el capital. Aclarando el hecho de que nos convertimos en objetos de producción para extracción de datos en función de un sistema que recibe beneficios económicos de los cuales no se nos retribuye nada, también debemos contemplar el factor de control que se instaura al momento de naturalizar la vigilancia de parte de entes de los que no tenemos mucha información.
Couldry y Mejias (2018), nuevamente, comunican que al instalar la vigilancia automática en nuestro espacio, corremos el riesgo de perder lo que nos constituye como seres, es decir, el espacio abierto en el que nos transformamos continuamente a lo largo del tiempo. Hacen un llamado de atención a que lo que necesita defenderse no es la autodeterminación individualista en sí, sino la integridad mínima del ser en la que cada sujeto pueda reconocerse mutuamente, sin poner en peligro las condiciones básicas de la autonomía humana.
Haciendo un balance entre las dos posturas, hay un factor que se deja por fuera y que, aunque la entrega y manejo de datos se perciba estable y segura, hay vacíos muy grandes que llenar en el proceso de extracción. No hay que estar en contra o a favor de la datificación para poder posicionarse en desacuerdo por la forma en que se extraen los datos, partiendo del hecho de que, a menos que se investigue al respecto, los usuarios nunca llegan a saber o tener control de la cantidad de cifras de sus vidas que comparten.

El carecer del poder de decisión o negociación en los términos y condiciones que se aceptan sin leer viene a ser determinante para descubrir dónde está la posición de poder en este trueque. Más allá de eso, el entender que muy posiblemente una vez que los datos salen del individuo ya no pertenecen a él choca directamente con la independencia del ser humano y lo que debería ser su información personal. No dimensionar la cantidad de información que se está entregando viene a ser otra problemática, desde localizaciones permanentes, lugares de trabajo, relaciones personales y cantidad de personas con las que habitamos, la lista es tan grande que parece un chiste de muy mal gusto.
Se sobreentiende además que la falta de conciencia sobre el manejo de nuestra información no es una casualidad, los términos y condiciones aparecen cuando estamos

haciendo uso de las redes, que es por lo general en momentos de ocio. Son documentos largos y hay una cultura normalizada de aceptarlos sin leer, a pesar de ello es algo que al cabo de razonar brevemente tiene mucha importancia y ameritan una conciencia e incluso una preocupación mayor.

Couldry y Mejias (2018) ilustran mejor en este caso, cuando mencionan que los datos personales de muchos tipos se asignan para fines que no son “personales” sin que tengamos control alguno de ello.

Finalmente, el sujeto de trueque termina traduciendo sus anhelos, deseos, emociones, sentimientos y pensamientos en datos cuantificables, no sin entregar también sus hobbies, lugares de trabajo y vivienda, afinidad sexual, su diario de vida según preguntas a Google, entre otras cosas, a cambio de múltiples beneficios que facilitan su estancia, socialización e interacción. Juzgar si está bien o mal me parece erróneo debido a que el sacrificio que implica no aceptar estas condiciones va más allá de unas cuantas molestias. Ser excluido de los mayores espacios de interacción social significa estar desactualizado y en una sociedad de información esto conlleva a la total exclusión. Por otro lado, es aún más difícil abordar el cambio como individuo, tomado en cuenta que es muy posible que no llegue a afectar la forma en que se están estableciendo estos mecanismos de vigilancia y control.
Como conclusión, me gustaría agregar que considero que una solución sería que la datificación se acompañara de respectivas normas legales que protejan a las dos partes y regularan las condiciones y términos de uso pero, de nuevo, me parece que también es un poco tarde para esto.


Bibliografía:


Couldry, N., & Mejias, U. A. (2019). Data colonialism: Rethinking big data’s relation to the contemporary subject. Television & New Media, 20(4), 336-349.

Mayer-Schönberger, V., & Cukier, K. (2013). Big data: la revolución de los datos masivos. Turner
Vaidhyanathan, S. (2013). La googlización de todo (y por qué debería preocuparnos) (pp. 29-58, 85-110). México DF: Océano.